Bonsaísta de corazón

El otro día comencé a charlar con un amigo sobre mi pasión por los bonsáis, y una de las cosas que más le intrigaban era el objetivo que había detrás de esta afición. No entendía que me podía llevar a tener más de 100 árboles en maceta y a perder horas de mi tiempo y dinero cuidando de ellos.

¿Qué sentido tiene cultivar bonsáis?

Y es que en realidad no hay ningún objetivo, ¿acaso tiene algún sentido gastarse miles de euros un cuadro famoso? ¿acaso tiene alguna finalidad gastarse todos los ahorros de un año en ver una ciudad en la otra punta del mundo? ¿acaso hay algún objetivo para perder horas durante el día viendo las vidas de otros en instagram?

No hay ningún objetivo, no hay que encontrarle una explicación lógica a esta bella afición, más allá del disfrute de uno mismo.

Yo cuando pienso en bonsái, pienso en arte viviente, en el paso de las estaciones, pienso en el color verde brillante de las hojas cuando el sol evapora las últimas gotas del riego, pienso en las coloraciones otoñales que nos regalan los arces, pienso en como le va a quedar la nueva maceta de autor que le he comprado a mi zelkova nire, pienso en la flor de mi fortunella hindsii, que me muestra que estoy dándole los cuidados que se merece.

Sí, esto es el bonsái, la mera observación, el disfrute del paso del tiempo, el efecto de las inclemencias meteorólogicas, el orgullo de convertir una semilla en todo un árbol en miniatura, la satisfacción de poder tener conmigo un árbol durante más de media vida. El bonsái, en definitiva, es disfrutar del camino, ver como cada decisión tiene efecto sobre su estética y poder explicar a tus hijos la historia que hay detrás de cada árbol.


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